San Agustín y La Ciudad de Dios: Fe ante la Caída de Roma

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Contextualización: La Obra De Civitate Dei

La obra magna de San Agustín, De Civitate Dei (La Ciudad de Dios), se compone de 22 libros escritos entre los años 411 y 426. Este periodo coincide con momentos críticos como el saqueo de Roma por los godos (410) y la posterior desintegración del Imperio Romano de Occidente. El propósito fundamental de la obra era infundir ánimo a los cristianos, muchos de los cuales temían que la caída de Roma implicara también el fin de la Iglesia. De Civitate Dei representa la respuesta agustiniana a esta crisis, proponiendo la visión de una nueva Roma, una ciudad eterna de naturaleza espiritual.

La obra se estructura en dos núcleos temáticos principales:

  • Primera parte (Libros I-X): De carácter crítico, donde San Agustín analiza las causas del fracaso de la Roma pagana y refuta las acusaciones contra el cristianismo como culpable de la caída.
  • Segunda parte (Libros XI-XXII): De carácter constructivo, donde expone la doctrina de las dos ciudades: la Ciudad Celestial (Civitas Dei) y la Ciudad Terrenal (Civitas Terrena).

Nuestro texto se situaría conceptualmente en esta segunda parte, abordando el origen y desarrollo de ambas ciudades. San Agustín concibe la historia de forma lineal, no cíclica, dividida en seis edades que se corresponden con los seis días de la Creación bíblica. Desde la venida de Cristo, la humanidad vive en la sexta y última edad, cuyo final solo Dios conoce.

El marco de la historia es la lucha constante entre estas dos ciudades:

  • La Jerusalén celestial: Formada por aquellos que aman a Dios por encima de sí mismos (amor Dei usque ad contemptum sui).
  • La Babilonia terrenal: Constituida por aquellos que se aman a sí mismos por encima de Dios (amor sui usque ad contemptum Dei).

La historia de la humanidad es, para Agustín, el relato de la pugna entre estos dos amores o principios, hasta que al final de los tiempos se produzca la separación definitiva y el triunfo eterno de la Ciudad de Dios.

San Agustín fue un escritor muy flexible y prolífico. Escribió cerca de un centenar de obras. Su estilo es poético y rico en contraposiciones, con una gran riqueza literaria. Entre sus escritos importantes se encuentran De Vera Religione y su obra cumbre, De Civitate Dei.

San Agustín y su Época

San Agustín (354-430) vivió en una época de profundas transformaciones, marcada por la consolidación del cristianismo como religión del Imperio Romano y, simultáneamente, por el deterioro y la eventual caída de este ante las invasiones bárbaras. Previamente, el cristianismo había sufrido persecuciones, como la de Diocleciano entre los años 303 y 305.

Un punto de inflexión fue el Edicto de Milán (313), promulgado por el emperador Constantino, que concedió libertad de culto y puso fin a las persecuciones, favoreciendo al cristianismo. Más tarde, en el siglo IV, el emperador Teodosio I consolidó el cristianismo como religión oficial y única del Imperio, llegando a cerrar la Academia de Platón en Atenas (fundada casi diez siglos antes), reflejando el creciente peso de la nueva fe.

La unión entre poder político y religión tuvo consecuencias significativas, convirtiendo asuntos teológicos en cuestiones políticas que generaron tensiones en el Imperio. Un ejemplo claro fueron las disputas entre el arrianismo (que negaba la plena divinidad de Cristo) y los católicos ortodoxos. Para intentar resolver este conflicto doctrinal y político, el emperador Constantino convocó el Concilio de Nicea (325), ejerciendo de facto funciones de liderazgo eclesiástico. Este concilio declaró la doctrina católica como la verdadera fe (homoousios).

Sin embargo, las tensiones persistieron, llevando incluso a conflictos civiles, hasta que finalmente se reafirmó la catolicidad del Imperio y se persiguió al arrianismo. Esta situación se mantuvo tras la división definitiva del Imperio en Oriente y Occidente en el 395. En este contexto, San Agustín desarrolló su pensamiento y su defensa de la catolicidad ortodoxa.

Roma fue saqueada por los visigodos dirigidos por Alarico en el año 410, un evento que conmocionó al mundo romano e inspiró directamente De Civitate Dei. El último emperador romano de Occidente, Rómulo Augústulo, fue depuesto en el año 476, cuarenta y seis años después de la muerte de San Agustín. El 'mundo antiguo' parecía tocar a su fin, anunciando el advenimiento de una nueva época: la Edad Media.

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