Origen Divino del Poder Político: Teocracia en Cristianismo e Islam

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Origen Divino del Poder Político

A lo largo de la historia y en numerosas culturas, ha sido frecuente legitimar la autoridad afirmando que el poder proviene de Dios. En las culturas con religiones monoteístas, es el Dios único quien concede a una persona o a un grupo de personas el poder para mandar en su nombre. De esta manera, los que dirigen la sociedad poseen un poder otorgado por los dioses, que hace que obedecerlos o desobedecerlos sea, en el fondo, obedecer o desobedecer a la divinidad.

En muchos pueblos primitivos y en los grandes imperios de la antigüedad, los reyes tenían una estrecha vinculación con los dioses y, en ocasiones, se atribuían cualidades divinas, llegando incluso a proclamar, como en el caso de los faraones egipcios, que ellos mismos eran dioses. Su vinculación con la divinidad era tan fuerte que, en algunos pueblos, se pensaba que su poder les permitía no solo mandar a los seres humanos, sino también a las fuerzas mismas de la naturaleza.

En numerosas culturas actuales, el poder de los que dirigen la sociedad está relacionado de una u otra manera con la divinidad, y los que mandan ejercen el control social apelando al origen sagrado de su poder. La teoría de que el poder proviene de Dios, la teoría de que es Dios quien gobierna a través de unas personas a las que les otorga el poder para mandar en su nombre, teoría que recibe el nombre de teocracia, no es una forma de entender la autoridad ligada a pueblos primitivos o a culturas residuales.

En la actualidad, se sigue estableciendo una relación entre la divinidad y el poder político en el pensamiento cristiano y también, y posiblemente con más incidencia en la política mundial, en el pensamiento musulmán, aunque las formas de entender esa relación en ambas religiones son distintas y con diferencias muy acusadas.

El Poder Político en el Cristianismo

Se defendía que el poder estaba dividido por voluntad de Dios en dos grandes brazos: el espiritual y el temporal. La autoridad sobre los asuntos espirituales pertenecía a la Iglesia, cuya cabeza visible era el Papa, y la autoridad sobre los asuntos temporales era ejercida por otras instituciones al frente de las cuales se encontraba el rey. Tanto el Papa como el rey recibían de Dios el poder para mandar, y obedecerlos era obedecer a Dios.

Los hombres medievales se encontraban sometidos al poder temporal del rey y al espiritual del Papa. Ambos poderes debían servir para que los hombres conquistaran, a través de su armonía en este mundo, el destino eterno. La alianza entre la cruz y la espada, entre el altar y el trono, entendida de esta manera, comenzó a hacer crisis con el Cisma de Aviñón, y la situación cambió radicalmente al cobrar fuerza el fenómeno nacional e iniciarse el absolutismo.

Los reyes de los diversos Estados nacionales no solo tendieron a asumir la totalidad del poder temporal, sino que también pretendieron convertirse en cabeza de las iglesias nacionales. En las monarquías que siguieron fieles a Roma, se incrementó la injerencia del soberano en los asuntos eclesiásticos, aunque nunca llegó a afirmarse por completo, mientras que en los países en los que triunfó la Reforma se crearon iglesias nacionales encabezadas por los monarcas.

En estos países, la afirmación de que la autoridad poseía un origen divino fue aceptada de buen grado y se transformó en la teoría del origen divino del poder real, que sirvió a los monarcas de la época para sustituir el poder de la Iglesia romana por el suyo propio.

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